noviembre 03, 2009

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"—Tienes preocupada a tu madre —dijo el embajador—. Tus notas han bajado tanto
que hay riesgo de que no te renueven la matrícula.
—Mis notas en el curso de pintura han subido, papá.
—Encuentro muy gratificante tu interés por el arte, pero tienes toda tu vida por
delante para hacer eso. En este momento lo importante es terminar tu curso secundario,
para que puedas ingresar en la carrera diplomática.
Eduard meditó concienzudamente antes de decir nada. Rememoró el accidente, el
libro sobre los visionarios —que al final le había señalado el camino para encontrar su
verdadera vocación—, pensó en María, de quien no había vuelto a tener noticias. Vaciló
mucho, pero por fin respondió:
—Papá, yo no quiero ser diplomático. Quiero ser pintor.
El padre ya estaba preparado para esta respuesta y sabía cómo conjurarla.
—Serás pintor, pero antes termina tus estudios. Organizaremos exposiciones en
Belgrado, Zagreb, Ljubljana y Sarajevo. Con la influencia que tengo puedo ayudarte
mucho, pero antes es preciso que termines tus estudios.
—Si hago eso sería escoger el camino más fácil, papá. Entraré en cualquier facultad,
me diplomaré en algo que no me interesa pero que me permitirá ganar dinero. Entonces
la pintura quedará en un segundo plano y yo terminaré olvidando mi vocación. Tengo que
aprender a ganar dinero con la pintura.
El embajador empezó a irritarse.(...)"

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